La arepa, ese delicioso alimento que tanto nos encanta comer a cualquier hora del día tiene toda una historia que data de hace miles de años. De hecho, no es la única masa redonda hecha con harina de maíz que se come en los hogares de América Latina, pues en México están las gorditas y en El Salvador las pupusas, pero algo es seguro: Está aquí desde antes de la llegada de los conquistadores españoles, según muchos cronistas e historiadores.

Por ejemplo, Fray Pedro Simón, en “Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales”, y Bernabé Cobo, en “Historia del Nuevo Mundo”, dicen que “en América los aborígenes hacían unas tortas tan gruesas como un dedo, que se llaman arepas”, pero nunca especificaron en qué parte exacta.

Entonces ¿de dónde proviene? Es muy común que en Colombia asumamos que esta deliciosa preparación es de nuestra autoría y que en Venezuela hagan exactamente lo mismo. Pero si analizamos detenidamente la situación y su historia, se puede decir que la arepa resultó de las buenas condiciones climáticas para el cultivo de maíz, lo que hizo que se convirtiera en un alimento abundante y permitió que diferentes tribus colombianas y venezolanas la incluyeran en su dieta.

Pero nos estamos olvidando de algo muy importante. En ese entonces, ni siquiera existían las fronteras que conocemos hoy en día, y muchas de las preparaciones que había pasaban de una generación a otra y entre diferentes tribus, gracias a la tradición oral.

En resumidas cuentas la arepa no es de un país u otro. Nos pertenece a todos y hace parte de nuestra tradición, así que la próxima vez que escuches a alguien hablando del tema cuéntale que es una exquisita herencia compartida por nuestras naciones, que además de ser fácil de preparar, combina con muchos ingredientes y es bastante nutritiva, así que debemos estar orgullosos de tenerla en nuestra vida.